‘Green Book’: una road movie canónica, una magistral lección de cine

‘Green Book’: una road movie canónica, una magistral lección de cine

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Nota de Espinof

Como, probablemente, le ocurra a buena parte del colectivo cinéfilo, pensar en un nombre como el de Peter Farrelly conduce a asociarlo directamente con esa comedia delirante, carente de filtros y rebosante de excesos que marcó el inicio de su trayectoria en Hollywood junto a su hermano Bobby, y que nos dejó perlas como ‘Dos tontos muy tontos’, ‘Algo pasa con Mary’ o una ‘Yo, yo mismo e Irene’ de la que, personalmente, guardo un grato recuerdo.

Puede que esta visión sobre el director, productor y guionista de Pennsylvania haya servido para alimentar aún más la sensación de sorpresa y el entusiasmo que ha despertado en mí su último trabajo. Las expectativas estaban por las nubes debido a sus cinco nominaciones a los Óscar y a los premios cosechados hasta la fecha, pero ‘Green Book’ las ha superado con creces, revelándose como una cálida, sensible y brillante maravilla que pasa directamente a formar parte de las películas más relevantes de la década por méritos propios.

Kilómetros y transformaciones

‘Green Book’, basada —con licencias— en la historia real que forjó la amistad entre el brillante músico Don Shirley y el portero de Copacabana Tony Lip, se presenta bajo la forma de una road movie canónica; un género que toma como excusa un desplazamiento físico para transformar a sus personajes durante un viaje interior que poco o nada entiende de de gasolina, neumáticos y distancias.

Aferrándose a esta base y respetándola a pies juntillas, Peter Farrelly da forma a una auténtica clase magistral que pasa por una dirección impecable, con un delicioso clasicismo que transpira plano a plano, y por una exhibición de escritura cinematográfica que se traduce en un guión con una consistencia y un equilibrio entre fondo y narrativa envidiables.

Aunque, si por algo deslumbra el libreto firmado a seis manos por el propio Farrelly, Nick Vallelonga y Brian Hayes Currie, es por su tratamiento de personajes —alma indiscutible de ‘Green Book’—; especialmente el de una pareja protagonista redonda, trasladada a la pantalla por unos Viggo Mortensen y Mahershala Ali descomunales, con unos arcos perfectamente construidos y una dinámica excepcional, y que roban el corazón desde su primera aparición en pantalla.

Green book

Además de actuar como estandartes, el atípico dúo de compañeros de carretera se revelan como el principal catalizador del mensaje social sobre el racismo y la conciencia de clase de la producción; en absoluto impostado o gratuitamente lacrimógeno, y siempre acompañado por un tono cómico, amable y emotivo, que culmina en un tercer acto ante el que es complicado contener las lágrimas furtivas.

En toda buena road movie que se precie lo verdaderamente importante no son los kilómetros recorridos, sino las experiencias y las transformaciones vividas durante el trayecto. Del mismo modo, en ‘Green Book’ la clave no radica sobre las magníficas dos horas y diez minutos que pasamos pegados frente a la pantalla, sino en cómo estas tocan el corazón y redescubren el concepto de milagro fílmico con un clásico instantáneo.

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