'Buenos vecinos': humor negro nórdico destilado en viñetas venenosas

'Buenos vecinos': humor negro nórdico destilado en viñetas venenosas

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Nota de Espinof

En realidad, decir que 'Buenos vecinos' es una comedia es forzar muchísimo la maquinaria que divide a los géneros. Lo chocante de sus situaciones, su mismo punto de partida es casi material para un chiste que empiece con "¿saben aquel que dice...?". Sin embargo, las tragedias que martirizan el alma de cada uno de sus personajes son demoledoras y dejan al espectador con la inequívoca sensación de haberse asomado a lo más negro de la vida cotidiana. Aunque en el proceso haya habido risas.

El arranque de la película recurre con claridad al planteamiento clásico no ya de la comedia, sino directamente del sainete doméstico: Atli, un hombre de treinta y tantos años (Steinþór Hróar Steinþórsson) es pillado por su mujer Agnes (Lára Jóhanna Jónsdóttir) masturbándose con un vídeo de una ex; y por otra parte, los padres del primero, Baldvin (Sigurður Sigurjónsson) e Inga (Edda Björgvinsdóttir) tienen un inacabable conflicto con sus algo más jóvenes y triunfadores vecinos a causa de un árbol que proyecta una molesta sombra sobre un porche.

Sin embargo, la visión del director y guionista Hafsteinn Gunnar Sigurdsson, fría y oscura -mucho más aún de lo que cabría pensar desde la naturaleza nórdica de la película-, pronto desvela que tras esas esas situaciones, aparentemente chocantes y hasta divertidas, hay un trasfondo mucho más terrible. Atli lleva una vida mediocre y sin demasiado sentido, Agnes ha sido traicionada hasta lo más hondo y Baldvin e Inga viven martirizados por una tragedia familiar que ha condicionado su comportamiento.

Este matrimonio maduro son sin duda el perfecto símbolo de la película: la muerte de alguien muy cercano los hace estar pasando por un via crucis interior con el que cualquiera puede identificarse, pero éste se refleja en actos grotescos y sin sentido, del que la disputa por el árbol -a su vez símbolo tradicional de estabilidad familiar- es el ejemplo más claro. Actos como, por ejemplo, el que lleva a la culminación de cruel lucha entre los vecinos: la que implica a las mascotas de ambos. El mejor gag de la película, en el que Inga demuestra que no tiene problemas a la hora de demostrar hasta qué punto odia a sus vecinos, es de una vileza extraordinaria y, a su vez, de extraña y perturbadora humanidad.

El mal en la puerta contigua

Hay algo en el humor de Sigurdsson muy difícil de describir. La mejor prueba de ello es que su debut, 'Á annan veg', una película en la que dos empleados del gobierno de Islandia se pasan el verano pintando rayas en las carreteras y poniendo a prueba su amistad fue reformulada por David Gordon Green en la también inédita en España 'Prince Avalanche'. Pero la versión norteamericana, pese a un punto de partida idéntico, no fue capaz de penetrar en la desoladora y muy humana visión de Sigurdsson acerca de cómo la monotonía, la cotidianeidad y los minúsculos detalles que nos convierten en seres sociales son tambien los que hacen que seamos bombas a punto de estallar, como demuestra Atli tomando decisiones inadecuadas sobre el cuidado de su hija.

En 'Buenos vecinos', esa bomba está ejemplificada en Inga, el personaje más interesante por su comportamiento extremo, que tanto es capaz de hilvanar una conversación muy de madre, vacua y vagamente interesada en las cosas de su hijo, como de echar espumarajos por la boca cuando se le menciona a la odiada y joven mujer de su vecino. Ese equilibrio, constantemente oculto por las buenas formas que nos convierten en seres "civilizados" está ahí, palpitando bajo la superficie, y es un buen ejemplo del veneno que traspira la película.

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Desde luego, Sigurdsson no se lo pone fácil al espectador: el humor de 'Buenos vecinos' va tomando cuerpo a baja temperatura, discretamente, con pequeñas explosiones de crueldad aquí y allá. Y cuando llega el momento de la punchline inevitable y que pone el crespón negro a esta tragedia disfrazada de sátira, no por ser previsible pierde una pizca de fuerza. Al fin y al cabo, Sigurdsson no busca sorprender a nadie, sino corroborar algo que ya nos temíamos: el chiste somos nosotros.

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